martes 6 de abril de 2010

Gréndel

¿Quién, o qué, era Gréndel? Unos decían que se trataba de un ogro de descomunales dimensiones, otros que se trataba de una masa deforme que escupía lava. Algunos incluso susurraban que era un engendro con cuerpo de cabra y cabeza de toro. Los menos decían que tan sólo era un cuento de viejos para asustar a los niños. Pero en realidad yo soy el único que conoció a Gréndel y sobrevivió.

Mi nombre es Beowulf y lo que os hayan contado sobre mí la mitad es mentira y la otra mitad muy exagerado. Por eso os relataré la verdad de lo que pasó cuando me encontré con Gréndel.


(Imagen sacada de http://vidasdefuego.com/mit_beowulf.htm)


Llegué a la cueva de Gréndel en una noche fría de invierno, sin luna, bajo una dura lluvia de aguanieve. Me dijeron que con el frío el monstruo se aletargaba y era más fácil asaltarle por sorpresa. Otros lo habían intentado, pero nadie había regresado de allí.

La cueva se ubicaba en una estribación rocosa que lamía con sus piedras un frondoso bosque de coníferas. La entrada estaba al norte, dónde más azotaba el viento invernal, cubierta de zarzales esqueléticos y con las rocas vestidas de musgo. Cuando llegué a la entrada lo primero que encontré fueron los restos de otros guerreros esparcidos por el suelo. Unos con los huesos descarnados, otros con máscaras deformes que un día fueron rostros. Me asusté, no lo niego. Iba desarmado, tal y cómo me dijeron que debía ir para poder matar a Gréndel. Se suponía que había que matar al engendro con las manos y una férrea voluntad, ya que no existía arma alguna que pudiese hacerle daño. Tan sólo llevaba una antorcha que encendí al entrar en la cueva.

Aparte del hedor de los cadáveres la cueva era acogedora, cálida; o quizás me dio esa sensación al librarme del frío aguanieve. El comienzo de la cueva era angosto y se introducía en la montaña buscando sus más profundas entrañas. Caminé unos cien pasos hasta que llegué a un recodo en el que había un esqueleto vestido con armadura. Recogí de entre sus cosas otra tea que encendí con la mía; temía quedarme sin luz. Seguí caminando y, casi de repente, me di cuenta de que no tenía techo sobre mí. Alcé las teas y descubrí que estaba en una sala de grandes dimensiones, de techo muy alto y con corrientes de aire que debían entrar por toberas naturales de la montaña. Avancé unos pasos, bajé las teas y apunté al frente. Había un estanque de aguas oscuras. En la orilla estaba Gréndel. ¿Quién si no podría ser?

El cuerpo de Gréndel era descomunal. Grueso y de aspecto viscoso. La cabeza era pequeña en comparación al cuerpo y parecía humana, excepto que carecía de nariz, orejas y pelo. Sus ojos me miraron; eran como el estanque, oscuros y profundos. Abrió la boca y de ella salió una lengua blanquecina que era tan larga como uno de mis brazos. Se levantó de la orilla y golpeó con la lengua la superficie del agua. Provocó un chasquido que resonó en las paredes y se multiplicó siniestramente. Gréndel no tenía piernas, se sujetaba en cuatro brazos que acababan cada uno de ellos en cuatro dedos armados con garras del tamaño de un cuchillo de desollar cerdos.

Temblé. Era una criatura horrenda y tres veces más grande que yo. ¿Cómo iba a matar a aquél monstruo sin armas? Sin pensarlo rodeé el estanque y busqué cobijo en un recodo de la pared de la gruta. Supuse que Gréndel iba a ir tras de mí, pero no, lo que hizo fue volver a sentarse en la orilla, eso sí, sin dejar de mirarme. Desde mi parapeto observe durante largo rato a Gréndel. Por lo visto no tenía prisa por acabar conmigo.

Ya cansado de esperar le grité.

—¡Mi nombre es Beowulf y soy un gran guerrero! ¡He venido a matarte!

Un sonido ronco resonó en la cueva. Tardé en darme cuenta que Gréndel se estaba riendo.

—Gran guerrero Beowulf —habló Gréndel con voz poderosa y tiznada de sorna—, campeón de campeones, ningún humano puede matarme. ¿No eres humano? Yo creo que sí. Te he oído llegar desde antes de que salieses del bosque. Si no fueras humano hubieses venido sin hacer tanto ruido.

—Pues yo te mataré —dije, aunque sin convicción en mi voz.

Gréndel se recostó. Me fijé que respiraba con dificultad. En aquél momento me consideré afortunado. Quizás no se levantaba porque estaba agonizando.

—Cierto, gran guerrero Beowulf. Agonizo, pero no por ello dejo de ser peligrosa. No me subestimes.

Me quedé helado. Gréndel me estaba leyendo la mente.

—Vamos, gran guerrero Beowulf, acércate. Prometo no matarte. Al menos no eres tan mezquino como los otros que vinieron.

Dudé, pero decidí acercarme. De un modo u otro tendría que hacerlo si quería matar a la bestia. Y si debía morir, mejor que fuese cuanto antes.

Cuando llegué a su lado, con ambas antorchas al frente, el monstruo viscoso había desaparecido. En su lugar estaba una mujer desnuda, hermosa, muy hermosa, que estaba preñada. Me miró y vi los mismos ojos de la bestia, pero esta vez enmarcados en una cara delicada y perfecta.

—¿Sorprendido, gran guerrero Beowulf? —preguntó sonriendo.

—No me engañarás con tus argucias. Sé lo que eres y si piensas que no te mataré porque pareces una mujer encinta, estás muy equivocada.

—¿Quieres que vuelva a la forma anterior? ¿Acaso el gran guerrero Beowulf prefiere mi cuerpo anterior? Hummm… extraños gustos tienes.

—Debo matarte —lo dije más para mí que para ella.

Gréndel dio un espasmo.

—Ya es la hora —dijo a la vez que se ponía en cuclillas y separaba las piernas.

Tuve la oportunidad para matar a Gréndel, pero no pude. Me quedé mirando como paría un bebé rosado que chilló cuando su madre le arrancó el cordón umbilical de un mordisco. Me quedé de pie, antorchas en mano, viendo como Gréndel se comía con voracidad su propia placenta y después cogía a la niña y la ponía en su pecho para darle de mamar. Allí me quedé, sin saber qué hacer, hasta que la pequeña se durmió y Gréndel me sacó de mi ensimismamiento cuando me habló de nuevo.

—Gran guerrero Beowulf, eres afortunado. Mi vida acaba aquí y de ti depende que te deje vivir o que te arrastre conmigo al fondo del estanque.

—Una niña… —balbuceé— ¿Pero cómo…?

—Eso no importa ahora —me cortó—. Si quieres vivir deberás llevarte a mi hija. Deberás cuidarla, o en su caso encargarte de que otros la cuiden. Debes jurármelo por tu honor de guerrero. Sólo entonces te dejaré ir.

—Nunca —repliqué.

Gréndel apartó a la niña y su cuerpo se convulsionó y comenzó a crecer. En un suspiro tenía ante mí a la bestia viscosa que encontré al llegar.

—Gran guerrero Beowulf —habló la bestia—, me queda poco tiempo y aún menos paciencia. Si haces lo que te digo tendrás una recompensa. Serás un héroe y los juglares cantarán tus hazañas. ¿No era eso lo que viniste a buscar aquí?

No contesté. No lo hice porque Gréndel conocía mis pensamientos y deseos.

—¡Decide ya! —bramó la bestia.

Y decidí. Antes de sumergirse en el estanque para no regresar jamás, Gréndel se arrancó uno de sus brazos a zarpazos y me lo ofreció. Esa era mi recompensa, la prueba de que yo, el gran guerrero Beowulf, había matado a Gréndel, la bestia.

Antes de volver a casa con mi trofeo, para recibir alabanzas y honores, visité varias aldeas buscando un lugar para dejar a la niña. Yo no quería quedármela. No sabía en qué iba a convertirse cuando creciese.

Después de recibir no pocas negativas, una joven viuda aceptó quedarse con la niña. Le juré a la mujer que nunca iba a faltarle de nada, aunque en ese momento no me creyó. Me reprochó que abandonase a “mi” hija y me dijo que no tenía corazón.

Cuando ya me marchaba la mujer me llamó. Me volví y ella me preguntó si la pequeña tenía nombre. Sí lo tenía; Gréndel me lo dijo antes de morir.

Morgana —le dije a la mujer—. La niña se llama Morgana.

viernes 18 de septiembre de 2009

Nunca más

La lluvia cae sobre el páramo. Los regueros de sangre del campo de batalla comienzan a aguarse. Los cadáveres, ahora húmedos, parecen llorar.
Un muchacho busca a su padre entre los muertos. Le han dicho que cayó como un valiente, hacha en mano, luchando hasta el final. Él sabe que su padre era bravo y siempre el primero en avanzar. Sus compañeros de armas dicen que tendrá un lugar de honor en el mundo de los guerreros.

Lo encuentra bajo el cuerpo de otro hombre que viste los colores de los invasores. El hacha de su padre está clavada en el pecho del enemigo. A su padre le han tajado el cuello y parte de una flecha rota sale de su hombro.
El muchacho sonríe.
Arranca al hacha del cuerpo del enemigo, amputa las manos de su padre y las tira lejos del cuerpo. Quiere asegurarse de que, cuando él viaje al otro mundo, jamás vuelva a pegarle.

martes 4 de agosto de 2009

CaperuZita

Cae la noche y el licántropo despierta. No tiene hambre, pero sale de caza.
Aúlla buscando la luna. No la encuentra. Ella está oculta. Se irrita cuando no ve la luna.
El licántropo huele una presa. Sangre fresca.
La presa camina por un sendero. Es una humana. El licántropo la acecha desde la espesura. No tiene hambre. Le gusta matar.
La humana se para. Ha visto unas flores. Toma las flores y las guarda en su cesta. Sonríe y continua caminando.
El licántropo salta y cierra el paso de la humana. Quiere ver el miedo en sus ojos antes de matarla.
La humana deja la cesta en el suelo. Mira al licántropo y no da muestras de temor. El licántropo se acerca a ella, en tensión, despacio. La humana se agacha y saca una flor de la cesta.
El licántropo abre la fauces. La saliva le cae por las comisuras. La humana le tiende la flor. Se la ofrece.
El licántropo ataca.
La humana suelta la flor y saca un revolver de su manga.
Dispara.
El licántropo cae muerto. La bala de plata le ha atravesado el cráneo.
La humana se acerca al cadáver del licántropo.
Sonríe.
Le gusta matar.

viernes 26 de junio de 2009

Fin del Thriller

No seré yo, y menos hoy, quién juzgue la vida del señor Jackson. Hoy es día para lamentar que se ha ido una de las más grandes estrellas de la música.
Thriller fue un hito en la historia de la música. Existe un antes y un después. ¿Quién no estuvo pegado a la tele esperando el estreno del vídeo?

Elvis, Lennon, Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Bob Marley, Janis Joplin, Kurt Cobain... estarán esperando al cincuentón Michael Jackson en ése lugar al que deben ir los músicos que mueren demasiado pronto.

lunes 15 de junio de 2009

Viaje a Turquía


Hace poco visitamos Turquía (Capadocia, Konya, Pamukale, Éfeso y Estambul) en un viaje de siete días, de los cuales tres de ellos -los últimos- los pasamos en Estambul.

Mi recomendación para el que vaya a Estambul es que contrate un hotel/hostal en la parte nueva (Barrio de Gálata, Calle independencia...), al otro lado del puente de Gálata. Generalmente ofrecen hoteles en la parte antigua, cerca de las mezquitas, Santa Sofía (espectacular) y el palacio de Topkapi, pero al anochecer hay muchísima más vida en la parte nueva que en la antigua. No cuesta mucho cruzar el puente de Gálata para visitar la parte vieja de Estambul, pasar el día por allí y, al atardecer, regresar a la zona nueva donde encontraremos un montón de restaurantes y cafés que son algo menos turísticos y están repletos de paisanos de la ciudad.
Otra cosa. Con un plano y algo de información recopilada en internet no es necesario contratar excursiones en Estambul. Por ejemplo, para hacer recorrer el Bósforo en ferry, bajas al puerto (muelle 6) y compras un billete por unas 9 liras (4,50 euros). Yo, que soy bastante torpe y me pierdo en un tiesto, no tuve problemas.

El Gran Bazar es espectacular... para verlo. Ni se os ocurra comprar nada. En las calles adyacentes encontraréis cientos de tiendas con precios más baratos. En el Bazar de las Especias se puede comprar té y dulces a un precio moderado. Si queréis vasos y platos típicos, buscad una ferretería (como las de aquí). Las hay en los alrrededores del Gran Bazar y tienen precios sin inflar y no se regatea (porque mira que es pesado regatear, al menos para mí)

La gente es muy amable, en general, y chapurrea el español que da gusto. En el Bazar de las Especias, en uno de los puestos, hay un cartel que reza: "Aquí más bataro que el Carrefour y mejor calidad que el Corte Inglés". Como está, en perfecto castellano.

Estambul es una ciudad ruidosa y llena de color. El tráfico un caos. Eso sí, los taxistas conducen mejor que Fernando Alonso. Y accidentes se ven muy poquitos... algún carro de mano atropellado por un coche, pero sin consecuencias graves. La comida muy buena; el típico Kebab, pescado, arroz, hojas de parra cocinadas, fruta y té, mucho té, entre otras cosas.

Muy recomendable y excelente lugar para los aficionados a la fotografía (sobre todo las calles estrechas de Estambul llenas de comercios y gente)

viernes 5 de junio de 2009

El marrón de Obama

Don Barack Hussein ha dicho lo que muchos, hace mucho tiempo, esperábamos oír:
Que se tienen que reconocer los dos estados, el judío y el palestino.
¡Aleluya!
Valiente ha sido, sin duda, y un poco iluso también.
Doy mis razones, como en el cole:

1. Los que viven del terrorismo no van a permitir que Palestina se convierta en un remanso de paz. No les interesa. Y mucho menos reconocer el estado de Israel. Si les quitan eso se quedarán solicos en sus harenes y no podrán mandar a más chavales a inmolarse mientras ellos se dan la vida padre.

2. Los que manejan la pasta en EEUU se dice que son en su mayoría judíos (yo en esto discrepo, lo manejan los japoneses y dentro de poco los chinos, pero bueno, ese es otro tema) Así que imagino que estarán que trinarán y comenzarán a cerrar grifos.

3. La venta de armas. Un negocio suculento que va bien cuando el mundo está jodido. Y si Obama lo quiere desjoder... vamos que de ser yo Obama me blindaba hasta los calzoncillos.

4. El propio Israel. Porque, claro, reconocer el estado Palestino supone dejar de invadir sus territorios. A ver quién es el guapo que les dice: Hala, majos, a guardar los tanques y a casa.

Confio que el presi de los presis maneje la situación igual que lo hace en sus discursos.
Dios, Alá y Bob Dylan me oigan.

martes 2 de junio de 2009

El voto en blanco

Sólo por la campaña que están haciendo estos politico-personajes, sólo por eso, ya merecen el voto en blanco. Y que conste que el voto en blanco es votar, pero no hacerlo a ningún partido, y no, como dicen algunos, dar el voto al que gane.
El voto es blanco es tan válido como el resto de votos, e incluso más democrático, ya que lo único que haces es ejercer tu derecho a votar. Ni más, ni menos. Casi nada, vamos.
Vendrán los de siempre a pedirnos el voto útil (que es cosa de dos, como el tango) Otros dirán que es mejor votar minorías (sobre todo a ésas minorías que son más que algunas mayorías) Y alguno dirá que no votes, que no merece la pena eso que se llama Europa.
Pues a mí me llama el voto en blanco, fíjate tú. Nunca lo he ejercido, pero estoy pensado en afiliarme.
A no ser, claro, que me lleven gratis en avión y/o Audi, me regalen trajes buenos y caros o me pongan un buen sueldo por no asistir a mi trabajo (llámese Congreso de los Diputados) Entonces no votaré en blanco. Suena a corrupción ¿verdad?, pues sí, lo es.

Soy un corrupto que no tiene a nadie que le corrompa y que, "pá" joder, seguramente votará en blanco en éstas próximas elecciones europeas.
Europa somos todos... bueno, éste año un poquito más del Barça.